LOS DESESPERADOS

SIN OBSERVATORIOS NI VEEDORES

Bienvenido Ruiz 

Debe abrirse un espacio en las redes sociales —así como salen tantas banalidades— para destacar las enseñanzas que sembraron en los hijos los padres de las generaciones de un poco atrás, sin trazar delimitaciones temporales porque somos muy variables.

Les comparto esta que me ha servido grandemente para toda mi vida y que me parece oportuno compartir con ustedes, con la esperanza de que pueda ser útil para algunos políticos afanosos y desesperados en la carrera por el poder. Aquí les va:

<Los sábados, regresando a la capital de una tierrita que tenía mi padre más allá del poblado de La Victoria, él aprovechaba para darme práctica de manejo. Yo, feliz, no alcanzaba siquiera los pedales y tenía que pegar el pecho al guía para poder ver hacia adelante.

Volante en mano, en aquel camino de tierra polvoriento, entonces desolado y lleno de hoyos, mi padre se mantenía hablándome: despacio, mantente a tu derecha, cuidado ahí, etc.

Uno de esos días nos rebasó, dejando una nube de polvo a su paso, una guagüita de esas plataneras, vacía y, como alma que lleva el pájaro malo, parecía que se iba a desarmar la pobre máquina por los brincos que daba en aquel camino vecinal lleno de hoyos.

Mi padre se dio cuenta de que me impresioné y aprovechó para una de sus lecciones y me dijo: “¿Tú ves ese que va ahí?… A lo mejor nosotros llegamos primero que él”.

Ah, caramba, dicho y hecho: ni un kilómetro más adelante la guagüita platanera se había ido por una cuneta.

Suerte que el agresivo conductor había salido y estaba contemplando tranquilamente el vehículo, mientras pasábamos a nuestro tiempo por su lado.

En la vida, cuando usted vea a alguien que progresa o va más rápido que usted, deséele suerte. El tiempo de Dios es perfecto.

Rememoro aquella enseñanza y pienso en la desesperación de muchos políticos en la carrera hacia el poder, solo por el poder, y la angustia de otros que ven a colegas avanzar en los negocios (por ejemplo) mientras ellos van más lentos.

No hay que preocuparse: realmente la desesperación es la madre de todos los fracasos.>

 

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